Danny Boyle, el director cinematográfico y coreógrafo de la espectacular ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres, debe de ser un infiltrado laborista de los de la vieja escuela, es decir de antes de Tony Blair y su mientras tanto desacreditada Tercera Vía.
O eso, o un profundo nostálgico de esos en los que tanto abundan las Islas Británicas, pues de otro modo no se entiende el fantástico homenaje que se tributó en esa ceremonia al National Health Service, el Servicio Nacional de Salud británico, equivalente de nuestra Seguridad Social.
Fue realmente gozoso el ver a decenas de enfermeras bailando como auténticas profesionales mientras una multitud de niños daban continuamente saltos en sus camas de hospital en medio del estadio olímpico. En momentos en los que en el Reino Unido, como en otras partes, corre peligro por las reformas esa gran conquista de la posguerra, la sanidad pública y gratuita para todos.
Hubo un tiempo en el que el National Health Service, creado en 1946 por el liberal William Beveridge e impulsado por el Partido Laborista, era, por la calidad de sus prestaciones, uno de los orgullos del pueblo británico. Ello es hasta que la Dama de Hierro, hoy una anciana aquejada de alzhéimer, proclamó que no existe la sociedad y solo hay individuos.
Fue el del cineasta Boyle un tributo emocionado y emocionante no solo para sus conciudadanos sino para el resto del mundo que, a diferencia del Partido Republicano norteamericano, considera que una sanidad universal y gratuita, o mejor dicho pagada por el conjunto de la sociedad, es una de esas conquistas a las que una sociedad moderna no debería nunca renunciar por insolidaridad, despreocupación o puro egoísmo.
Un hospital infantil como el Great Hormond Street, uno de los grandes centros pediátricos del mundo, del que salieron algunos de los pequeños pacientes y de las enfermeras que voluntariamente – y el voluntariado es otra de las grandes virtudes tradicionales del pueblo británico-, es un excelente botón de muestra de lo que ha sido tradicionalmente el Servicio Nacional de ese país.
Y fue especialmente hermoso el que se combinara ese homenaje al personal sanitario con el dedicado a la gran literatura infantil británica, personificada por personajes tan populares como Mary Poppins o autores como como JK Rowling, la creadora de Harry Potter, una gran simpatizante laborista, que leyó además un pequeño fragmento de Peter Pan.
Por lo demás, la ceremonia demostró la gran capacidad que tienen los británicos para, al mismo tiempo que se ríen de sí mismos, como en el gag con la Reina y James Bond en helicóptero, potenciar su poderosa marca país, recurriendo a sus artistas de todos los géneros, desde el pop-rock, con David Bowie, Paul McCartney, Queen o los Sex Pistols, hasta la música clásica, como el gran director de orquesta Simon Rattle, o el cine, con James Craig o el cómico Rowan Atkinson, el popular Míster Bean.

 

Fuente: farodevigo.es