Por Mario Chao 

Wendy C. nació en el año 2000. En aquellos días nos amenazaban con el caos computacional por el cambio de dígito. No pasó nada, y ya nadie se acuerda de la primera gran psicosis tecnológica de escala global.

Wendy nació en Chile siendo una niña fuerte y saludable. Como cualquier niño pequeño sufrió períodos gripales en el invierno, que se complicaban debido a sus antecedentes asmáticos y a la contaminación de Santiago, la capital chilena. Esto le hizo pasar dos veces por episodios de urgencias en clínicas modernas de la ciudad.

Los padres de Wendy cambiaron su residencia a Barcelona, España, donde la niña tuvo otro pediatra. Un año después, la familia fue a Valencia, a solo 350 km de Barcelona, pero, como es lógico, la atendió un tercer pediatra. Seis años después, la familia se trasladó a Bogotá, Colombia, donde vivió 11 meses. Hoy viven en la hermosa Ciudad de México.

4 países, 5 ciudades, 5 pediatras después, y más de una decena de especialistas médicos visitados durante este tiempo engrosan muchos documentos en la historia clínica de Wendy, que está fragmentada, dispersa, y en papel.

Así que sus padres van almacenando papeles, algunos ya amarillos por el tiempo, y muchos sin validez clínica: diagnósticos, procedimientos, calendarios de vacunas, imágenes médicas y cuanta otra información parezca relevante de su hija.

En cada país, en cada ciudad, cada vez que han necesitado asistir a urgencias o a un especialista, han tenido que repetir, una y otra vez, las mismas preguntas: edad, antecedentes familiares, enfermedades que padece, alergias, intervenciones quirúrgicas, etc, etc, etc. Aun cuando Wendy ha tenido la suerte de asistir a clínicas con sistemas electrónicos -éstos no se comunican unos con otros, ni tan siquiera dentro del mismo país, ni tan siquiera dentro de la misma ciudad, colonia, o incluso, ni aunque estén sobre la misma calle-.

En la época de la conectividad y de las redes sociales, esta situación parece casi irracional.

El caso de Wendy no es una excepción; por desgracia es el estándar. Nuestra información en salud está fragmentada, aislada, y guardada en decenas o centenares de gabinetes médicos que visitamos a lo largo de nuestra vida. Y en papel. Mucho papel.

Sin embargo, la ciencia médica y la tecnología avanzan a ritmos nunca antes vistos; hoy permiten ver nuestro cuerpo con una precisión que hace 20 años parecería ciencia ficción. También podemos ser intervenidos quirúrgicamente por robots, e incluso, se puede decodificar nuestro ADN.

La gran paradoja del sector salud es que se practica una medicina del siglo XXI con procesos del siglo XIX, donde el papel sigue siendo el medio abrumadoramente más utilizado para registrar e intercambiar información. ¡Irracional e ilógico!

No existe ningún motivo para que esto tenga que ser así. Repito: ninguno. La tecnología existe y los enormes beneficios que traería la Historia Clínica Electrónica son evidentes y absolutamente documentados en numerosos estudios. Así que no solo es irracional, e ilógico, sino también es increíble el escaso nivel de informatización del sector.

La informatización del sector salud garantiza eficiencia en los procesos y sobre todo el acceso a información oportuna en el momento preciso, elementos básicos para la toma de decisiones. La Historia Clínica Electrónica implica una mayor y mejor atención sanitaria, un control más exhaustivo sobre los problemas de salud de la población, una mayor seguridad de los pacientes, una reducción de los tiempos de espera de la información, un aumento de la precisión diagnóstica debido al intercambio multidisciplinar de información, al mismo tiempo que se controlan y se gestionan adecuadamente los costos.

Quizás un ejemplo simple puede ilustrar la importancia de la HCE. Si un paciente llega a urgencias inconsciente y se requiere hacer una intervención clínica rápida, la historia clínica electrónica nos puede alertar sobre alergias o intolerancias del paciente a determinados medicamentos, ayudando a una atención médica segura. Esta alergia pudo haber sido reportada por otro hospital o por el mismo paciente años atrás. Disponer de la información adecuada, en el momento preciso, puede hacer una enorme diferencia en el cause clínico del caso.

Por otro lado, cuando la HCE se extienda por numerosos hospitales y clínicas de la ciudad, el estado o el país, se podrá intercambiar información clínica entre diferentes centros y redes de prestadores de servicios, como laboratorios, aseguradoras, etc., permitiendo que la información siga al ciudadano/paciente, siendo accesible en cualquier punto del país de forma rápida y segura.

La Historia Clínica además puede reducir considerablemente los errores médicos. Informes recientes muestran estadísticas que no deberían pasar desapercibidas. Atención: según un estudio del prestigioso Institute of Medicine (IOM), de Estados Unidos, publicado en febrero del 2013, en ese país mueren más personas por errores médicos que por accidentes de tráfico, cáncer de mama, o SIDA.

En este sentido, las tecnologías de la información pueden hacer un gran trabajo para evitar unos errores que ningún profesional médico quiere cometer. Permitiría, por ejemplo, disminuir los errores derivados de interpretar las notas manuscritas de nuestros médicos, algo tan simple y evidente. Permitiría, también, chequear reacciones entre medicamentos, dosis máximas permitidas, y alertas automáticas cuando se detecten valores anómalos de un indicador clínico relevante. ¡Y todo esto de manera rutinaria y en todos y cada uno de los pacientes!

La falta de informatización en salud no es sólo irracional, ilógica e increíble, sino sobre todo inaceptable, a la luz de que puede ayudar significativamente a salvar vidas y mejorar la atención de los pacientes.

 En paralelo, y quizás para abundar un poco más en las contradicciones del momento, avanzamos a ritmos agigantados en el uso inteligente de la información para fines clínicos. Así, ya comienzan a analizarse la información genética de los pacientes para predecir la probabilidad futura de contraer determinadas enfermedades o para recomendarle a un especialista un determinado medicamento o procedimiento que encaje en las condiciones personales del paciente. Estos algoritmos inteligentes, por supuesto, mejorarán el rendimiento en la misma medida en que existan volúmenes gigantescos de datos que permitan analizar patrones y extraer el máximo rendimiento de la ciencia aplicada a cada caso particular y único. La ciencia y la tecnología para procesar toda esta información ya están disponibles, pero necesitamos comenzar a utilizar el Expediente Clínico Electrónico a gran escala para hacer posible este sueño de la salud conectada e inteligente.

Como en otros sectores, el papel del ciudadano/paciente/consumidor jugará un rol decisivo en esta etapa. Si en otros sectores somos consumidores exigentes e informados, no hay razón para no serlo en aquello que más valoramos para nosotros mismos y para nuestros seres más queridos: la salud. La “consumerización” de la salud es un fenómeno incipiente que no tiene marcha atrás. Cada vez más personas investigan y buscan información en Internet sobre su condición de salud, o se conectan a redes sociales específicas para personas de su misma enfermedad, o utilizan “apps” en sus smartphones para identificar o recordar su medicación, y/o controlar su alimentación o condición física en general. Este ciudadano, preocupado por su bienestar, comienza a cuestionarse si el diagnóstico es certero o si el tratamiento es el más recomendable; y busca segundas y terceras opiniones. Este ciudadano no entiende cómo su médico de cabecera, el especialista en el hospital, su asegurador, y el gobierno a quien paga sus impuestos no son capaces de intercambiar los datos y la información que se generan a su alrededor en las múltiples interacciones que tiene con todos ellos. Algunos, los más inquietos, comienzan a utilizar bases de datos personales (Personal Health Record) para mantener organizada su información médica.

La exigencia de los ciudadanos, aún muy incipiente e inmadura, deberá ser la fuerza definitiva y decisiva que empuje la introducción de las tecnologías de la información en salud, por encima incluso de las leyes o la voluntad manifiesta de organismos internacionales que recomiendan hace muchos años el uso de las mismas. Es un reto para todos los agentes del sector: desde el paciente hasta el asegurador, pasando por el hospital, el médico general, los laboratorios diagnósticos, las farmacéuticas y los gobiernos. Un reto no exento de dificultades, y que costará tiempo y esfuerzo, pero que es absolutamente necesario recorrer.